lunes, 24 de marzo de 2025
RELATO LA LIBRERIA
RELATO LA LIBRERÍA
Juan, era un tipo huraño, prácticamente había perdido la relación con todo el
mundo, allí en el trabajo tan sólo mantenía conversaciones profesionales y
escuetas.
Desde que murió Carmela, aquel fatídico año en el que el sol se volvió
opaco, Juan, ya no tenía de que hablar.
Los últimos días, en la oficina, había corrillos de compañeros que
cuchicheaban, siempre en torno a algún libro, Juan, sin importarle
demasiado, creyó que sería algún fenómeno editorial y no volvió a prestarle
atención.
Sin embargo, aquello cada día que pasaba se hacía más frecuente, y
una mañana ocurrió, Lucía que era casi la única que le hablaba alguna vez,
se acercó y le dijo:
-Juan, deberías de visitar la librería de viejo que hay en la calle Rey
Folgar. Es un lugar único, entras y un viejo librero ya tiene un libro en la
mesa del mostrador donde se sienta, preparado para ti.
-¡Qué estupidez! Respondió Juan en el tono habitual de desprecio por
todo.
-Sabes que yo también me quedé viuda, lo llevé mejor que tú, pero el
viejo librero me dio un libro que al leerlo me liberó de una pesada carga.
Vete allí, no pierdes nada. Recuerda calle Rey Folgar.
Juan, antes de mediodía ya había olvidado la conversación y se había
centrado en su trabajo.
Aquella noche, Juan, se había quedado sentado en su sillón habitual
viendo fotos antiguas, y uno tras otro tomó seis o siete cafés que al final
consiguieron desvelarlo. Al ver que la noche era agradable y que no
conciliaba el sueño cambio el pijama y las zapatillas por unos vaqueros,
camiseta y zapatos y, salió a caminar.
Fue deambulando por la ciudad y sin darse de cuenta, centrado en sus
dolorosos pensamientos, se encontró en la calle Rey Folgar, a esa hora todos
los locales se encontraban cerrados, todos menos uno que sus luces
iluminaban la acera.
Curioso, Juan, se acercó al local, supuso que sería un bar o algo así
por la hora que era. Al llegar, vio sorprendido que era una librería, miro
arriba y a los lados, carecía de cartel alguno, pero rápidamente le vino a la
mente el recuerdo de la conversación en el trabajo con Lucía. Decidió entrar,
la puerta estaba entornada, el olor a papel viejo, nuevo y madera envolvían
la estancia, llena de estantes en los que había multitud de libros. Al fondo del
largo pasillo pudo ver una mesa de caoba con una lámpara de gas ¡Qué
locura! – pensó, con esto lleno de papel tener una lámpara de llama es una
insensatez. A medida que se fue acercando pudo ver al pequeño hombre que
se sentaba al otro lado, un ser delgado y casi diminuto, con grandes gafas
negras que lo miró sin dedicarle ni un triste gesto.
-Buenas noches –dijo Juan
-Aquí tiene su libro –contestó el hombrecillo sin mostrar ningún
sentimiento en su cara.
-No, no deseo comprar, tan sólo entré…
-Debe llevárselo –le cortó el hombrecillo –lo ha dejado para usted.
-¿Para mí? ¿Quién lo ha dejado?
-Yo no sé quien los deja, tan solo estoy aquí para entregarlos.
Juan, no supo que decir, tomó el libro empaquetado y sacó la billetera.
-Es gratis –le contestó el hombrecillo de las gafas.
Juan, se sintió incomodo e insistió, el hombrecillo de las gafas lo miró
con su cara sin gestos y le dijo:
-Tengo que cerrar ya, ¿sería tan amable de salir?
Esto todo es una locura iba pensando Juan de camino a su casa, con el
libro bajo su brazo.
Era ya casi de madrugada cuando llegó, se descalzó y abrió el paquete,
el libro parecía un diario, se sentó y comenzó a leerlo.
Estaba manuscrito, contaba cosas de una mujer, sus sentimientos, las
aventuras diarias, los planes, los realizados y los que quedaron para el olvido.
Todo el libro estaba lleno de risas que hacían eco en la mente de Juan,
le llevaban de un lugar a otro y todos conocidos. No pudo ir a trabajar al día
siguiente, eran ya las diez de la mañana cuando acabó de leerlo y se quedó
dormido.
A las cuatro de la tarde despertó, en su sillón y con el libro entre las
piernas, se desperezó y se arregló para salir, tenía que hacer algo hoy.
Salió a la calle, tras una noche calurosa el viento del sur había traído
agua, llovía mucho. Juan estaba más feliz que nunca, así que iría a contárselo
al librero.
Llegó a la calle Rey Folgar, empapado, sin embargo no sentía frío.
Recorrió la calle, muy distinta de día de como la vio de noche. Fue en una
dirección y en otra, no encontraba la librería, preguntó a un señor que
desatascaba un sumidero y le dijo que no recordaba ninguna librería en
aquella calle y él llevaba viviendo allí setenta años.
Muy sorprendido, Juan decidió llamar a su compañera de trabajo Lucía
para contarle lo ocurrido.
-Lucía ayer visité la librería que me recomendaste y…
¿Yo?- le cortó Lucía – No hablé contigo de ninguna librería. ¿Te
encuentras bien Juan?
Juan colgó el teléfono, la lluvia corría por todo su cuerpo, el libro estaba
empapado y su mano cubierta de tinta disuelta por la lluvia.
Abrió la última página y leyó el final.
-Me has hecho muy feliz, Carmela.
Era la letra de su mujer que poco a poco el agua iba borrando.
Juan miró al cielo y sonrió, como hacía mucho que no sonreía,
entonces, paró de llover. P.p. Regueiro
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